febrero 09, 2013

(( SEXUALIDAD SAGRADA ))



La sexualidad,es una energía sagrada. 


Nuestra visión no sagrada del mundo, nos hace vivirla de forma ligera, vulgar. No hay más que ver cualquier programa de televisión o cualquier revista. Todo es superficial. 

El sexo es vendible, la mujer ha sido un objeto de deseo vendible. Todo es vacío de significado. Todo es anodinamente “divertido”. Las relaciones sexuales no son sino encuentros efímeros, donde nada más allá que un momento de placer, existe. 

Debajo de todo eso hay sin embargo un gran dolor. El dolor de no encontrar significado a la vida. 

El dolor de saber que somos mucho más que eso y que nos negamos a reconocerlo. Por eso cada vez los jóvenes están más “enganchados” al tabaco y a los “porros”. El dolor requiere anestesia.


La sexualidad es un regalo de Dios. No es sólo para reproducirse, como la religión, desde la culpabilidad del pecado, nos quiso hacer creer, y tampoco es para “pasar el rato”, como el que se toma una caña, se hecha unas risas con los amigos y pasa una noche divertida. 


La sexualidad es la energía divina de unión entre lo femenino y lo masculino, es la dicha del Universo llevada al plano material, a la Tierra. 

Decía Jesucristo, en el Evangelio de los Esenios: “al Cielo no se puede llegar sino es a través de la Tierra”, y “al final del tiempo, la Tierra será como el Cielo”. 

Es curioso que, sin embargo, no hablase una palabra sobre sexualidad o sobre las relaciones hombre-mujer. 


La sexualidad es un “imán”. Es una jugada maestra del Universo. Encarnamos en cuerpos aparentemente separados, en egos separados, en esa notoria dualidad hombre-mujer; pero sin embargo hay una poderosa fuerza que nos lleva una y otra vez a tratar de unirnos. 


¿Qué sentido tiene?. Alguien se cree que la naturaleza tendría algún problema en crear directamente seres andróginos. 

¿Para qué todo este juego?.

Los videntes tántricos de la antigüedad lo tuvieron muy claro: venimos aquí para realizar a Dios (para hacer realidad a Dios), para traer a Dios a la materia, para unir el Cielo y la Tierra, para reproducir la danza universal de Shiva y Shakti, masculino y femenino, aquí en la Tierra, para “unir en la Tierra lo que ya está unido en el Cielo”.



Más allá de la promiscuidad, es la magia de la sexualidad, el sexo como algo sagrado, lo que nos lleva a dar el verdadero valor a nuestras relaciones, más allá de la forma normal en que las practicamos, donde, desde una visión profana, cualquier encuentro sexual entre un hombre y una mujer, no pasa de buscar una experiencia de placer y gratificación. 


Cuando un hombre y una mujer se unen sexualmente (algo que también podríamos generalizar a las relaciones homosexuales…) se produce algo que va mucho más allá que esa simple “experiencia de placer” a la que estamos acostumbrados. 

Esa experiencia de placer, no es sino el sabor, el aroma, de algo que se produce a nivel espiritual, y por supuesto a nivel energético. 

Cuando una pareja se une en el acto sexual, todas sus células vibran, afectando a su cuerpo energético en su totalidad. 

El Universo entero se une. Cuando una pareja llega a ese estado de éxtasis que se produce cuando la energía se eleva al corazón y te haces uno con el otro ser que tienes delante, todo el Universo recoge ese éxtasis. 

Lo femenino y lo masculino, yin, yang, se han unido, se han fusionado aquí en la Tierra y todo el Universo lo celebra. 

La sexualidad te lleva a ese trance místico que algunos santos han experimentado. No es distinto de lo que describía Santa Teresa de Jesús, ni San Juan de la Cruz, por poner ejemplos cristianos occidentales. 

Ellos cuando hablaban de sus experiencias de fusión con Dios, estaban hablando de experiencias realmente tántricas. 

No es de extrañar que tuviesen problemas con el estamento eclesiástico de la época…


Cada orgasmo extático que una mujer tiene, y que sólo una mujer puede tener, es un canto a la Diosa encarnada, un canto a Shakti, a la Tierra, a la manifestación femenina del Espíritu, Dios-Padre-Madre. 


Y en cada orgasmo extático de la diosa en el que el hombre está “presente”, desde el corazón, dejando a un lado su mente, su compulsividad de descarga y sus infantiles deseos, es una encarnación del poder masculino del Espíritu en la Tierra. 

Shiva ha vuelto a venerar a Shakti. 

Dios reconoce y se rinde homenaje a sí mismo, reproduciendo la danza cósmica de la creación, de Shiva y Shakti, de Dios-Padre-Madre, Cielo-Tierra.

Ahí se unen los opuestos y se cierra el círculo de la creación. Lo que es en el Cielo, se ha manifestado en la Tierra, en la materia.


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